A pesar de todo... Sí a la Vida

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Te ofrecemos un ámbito cálido y confiable para abrir el corazón,

donde la sinceridad se convierte en actitud esencial.

Un espacio dónde con esfuerzo y paciencia podremos llegar a la aceptación, a reconstruír el vínculo con ese hijo que hoy se constituye como presencia distinta.

Con la esperanza de lograr una vida digna.



jueves, 6 de enero de 2011

EL DUELO NO SE ELABORA, EL DUELO SE TRASCIENDE

“Recuerden nuestra aseveración que la muerte de un hijo es un acontecimiento nuevo en la vida de una persona, acontecimiento al que no le cabe la palabra duelo porque ésta implica, en el fondo, un volver a lo normal, a lo previo y sabemos que eso es imposible, al menos para quienes creemos que Renacer tiene una esencia concreta.


Cabe destacar que “los acontecimientos” crean nuevos mundos, mundos con nuevas lógicas, lo que implica desafíos y aperturas de la mente y del espíritu necesarios, no sólo para comprender esos nuevos mundos y situarnos en ellos, sino para comprometernos existencialmente, para darnos cuenta, entre otras cosas, del verdadero significado de la compasión y la solidaridad que demanda de nosotros: “la búsqueda y el conocimiento de quién y qué no es infierno, en medio del infierno, y hacer que dure y darle espacio.” (Ítalo Calvino)

En nuestra cultura es conocido que la muerte cuando llega de visita a un hogar da un nombre a los deudos de la persona que ha fallecido, así es de uso corriente que, de un momento para otro, alguien se transforme en viuda, viudo o huérfano, quienes prontamente pasan a estar en duelo, pero hay un caso puntual en el que la muerte no ha sabido aún como nombrar a quienes permanecen de este lado de la vida, es el caso cuando muere un hijo y cuando esto sucede todos se estremecen y recuerdan entonces que la muerte de un hijo no tiene nombre…

En la medida en que aún no existe palabra ni lenguaje que nombre a los padres que pierden hijos, todos los conceptos vertidos hasta ahora sobre el duelo por una muerte que al venir da nombre a los deudos, tales como viudez u orfandad, carecen de vigencia, carecen de sentido cuando se los aplica a los padres que pierden hijos; son sólo meras apariencias.

Cuando no hay nombre es necesario pensar lo no pensado, en el sentido de un proceso de creación auténtico, yendo más allá de un mero desocultar algo que ha permanecido oculto, hay que ir más allá de los límites, más allá de los paradigmas vigentes. Renacer es la historia de ese transcurrir, pero de una manera distinta de la hasta entonces considerada como “clásica”, a saber, alejada de todo tutelaje del ser sufriente, sea éste químico, psicológico, religioso o social, descubriendo, en el proceso de hacer camino al andar, la dimensión espiritual, donde tienen su origen aquellos fenómenos específicamente humanos, aquellos que han de permitir la búsqueda señalada.

En Río Cuarto hicimos unas jornadas que las llamamos: “En busca de un lenguaje común”, porque nuestra tarea de modificar el futuro, de hacer nuevos mundos, incluye también modificar conceptos, modificar palabras y modificar ideas a través de la experiencia que todos nosotros vamos volcando al mundo, a raíz de haber perdido hijos y de haber compartido mucho tiempo con otros papás.

Se habla de proceso de duelo, aunque en realidad no es un proceso; el duelo no es un proceso es una situación.

La diferencia entre proceso y situación está en que el proceso es un fenómeno que tiene un comienzo, tiene un inicio y a raíz del cual van apareciendo otros fenómenos.

La situación es algo en lo que estamos inmersos, así pues, la muerte de un ser querido, la muerte de un hijo es una situación, un acontecimiento, es algo que no es la consecuencia de un proceso histórico, no es un proceso, es el momento en que debemos encontrar nuevos nombres para ese acontecimiento. La nominación de un acontecimiento es una necesidad; para Badiou esta necesidad, en cierto sentido, es siempre un papel de la poesía.

¿Qué quiere decir un acontecimiento?

Un acontecimiento es una circunstancia en la que una persona está inmersa y en la que debe desarrollar su vida a partir de ella, no es que tenga que desarrollar su duelo o su dolor, tiene que desarrollar una nueva existencialidad.

La existencialidad de una persona está por encima de su dolor, pues la existencia es una cuestión integral comprende la totalidad de la vida.

De los muchos acontecimientos que suceden en la vida, éste es el más complejo, es una situación, a la que vamos a agregar una serie de situaciones que en él se originan, tales como los mundos del trabajo, de la familia, de los amigos y tantos otras en los que tenemos que reinsertarnos de maneras aún desconocidas.

A todos nos cuesta vivir, no hay tarea más difícil que vivir la propia vida, aun antes de la partida de un hijo; hay que levantarse todos los días, hay que enfrentarse al patrón o enfrentar a quien sea y nos cansa, no tenemos la recompensa y los dineros no alcanzan; es muy difícil.

Es tan difícil que para muchas personas cuando muere un hijo es la excusa perfecta para abandonarse y decir: “yo haría el esfuerzo si no fuera que se me ha muerto un hijo”; la excusa perfecta para no hacer nada.

A esos papás tenemos que mostrarles esa realidad.

Cuando perdemos un hijo, hablar en términos de duelo, hablar en términos de elaboración de emociones y elaboración de sentimientos, son palabras muy pequeñas para lo que podemos alcanzar, son logros que si uno mira, son bien subterráneos, no es un lugar elevado.

Por supuesto que algunas personas, algunos papás querrán hacer esto y no hay nada malo en que lo hagan, que trabajen elaborando un duelo priorizando sus emociones y sentimientos; la tragedia, en el fondo, sería que el grupo Renacer no pudiese mostrarle a esos papás que hay algo que trasciende a todo eso, que hay algo que cualitativamente es superior a todo eso, que hay nuevos mundos por explorar y, por sobre todo, mundos que son posibles de ser transformados por nosotros, mundos en los que podemos hacer espacios para aquello que no es infierno.

Algunos papás parece que van a las reuniones, están ahí, se sientan y escuchan, pero es como si les entrara por un oído y saliera por el otro pues se han dicho cosas muy valiosas y nada ha logrado cambiar su actitud, de tristeza, de rebeldía, o de que “todavía estoy de duelo” y “hace quince años que estoy de duelo”, ¡NO ES ASÍ¡ Hay que buscar nuevas palabras, un nuevo lenguaje para definir lo que es la pérdida de un hijo; el dolor no se elabora, el dolor se trasciende, se busca un sentido a esto que nos pasó, se busca un sentido a la tragedia que nos tocó vivir, no se busca la resignación, no se busca la paz ni la serenidad como objetivo último.

Apoyándonos en esto que nos ha pasado, es que emergen nuevos seres, no es hundiéndonos en el dolor; Nicolás jamás será recordado por la forma en que partió, no importa eso, NO IMPORTA, Nicolás va a ser recordado por la obra de amor que sus padres iniciaron en su nombre.

Vivimos un acontecimiento límite, una circunstancia, un cambio radical y el único proceso redentor consiste en arrojarse de cabeza a esos nuevos mundos y tratar de forjar una nueva humanidad, tratar que toda nuestra experiencia sirva para crear mundos de amor, tolerancia, respeto, solidaridad y compasión, pero no declamados sino vividos.

Es como un guante de goma cuando se saca, lo que está adentro queda afuera y lo que está afuera queda adentro; es un cambio existencial.

No somos las mismas personas; no podemos querer seguir siendo los mismos pues somos libres para elegir ser mejores personas o peores, y la libertad duele; ser peor persona es facilísimo, ni siquiera hay que levantarse de la cama, no exige ningún esfuerzo, el desafío es: ¿qué hago de aquí en adelante?

A veces se dice hay un antes y un después: NO; seremos mejores personas o peores. Cuando decimos que hay un antes y un después estamos buscando las causas, los por qué; ser mejores personas es buscar una finalidad, nosotros buscamos el para qué.

En esto nos ayudó Elisabeth Kübler Ross cuando habla de un despertar espiritual. Recordemos lo dicho en Huerta Grande por Alicia “yo no estoy de duelo por Nicolás, yo nunca estuve de duelo por Nicolás; la partida de Nicolás involucró toda mi existencia, fue mucho más que un duelo, fue cambiar mi vida, darla vuelta 180 grados, eso no es un duelo”.

El objetivo es encontrar sentido a esta tragedia y cuando se le encuentra sentido, lo más maravilloso es que nuestros hijos no se van en vano, es que su partida no es estéril, es que este sufrimiento es germen, es tierra fértil en este corazón, para que crezcan nuevas raíces, una nueva planta, planto un nuevo árbol cuyas ramas lleguen al cielo.

Nosotros estamos cada vez más convencidos que cuando un hijo muere no hay, en realidad, algo como un duelo que sea posible transitar sin morirnos en el intento. Por eso estamos convencidos que hay que mirar más allá del duelo, hay que clavar la mirada, el corazón y el sentido en aquello que está más allá de nuestra realidad tal como hasta ahora hemos podido representarla. Es necesario trabajar con una nueva realidad, una realidad que comienza a dejarse ver a través de este camino de espiritualidad al que la muerte de un hijo nos abre las puertas. Toda otra visión, todo otro proyecto, enfrentado a éste queda disminuido.”

Alicia Schneider Berti-Gustavo Berti

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